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El Laberinto de Horta

  • May 13
  • 4 min read

Esta es mi propia historia.


Foto de Jorge Barreno
Foto de Jorge Barreno

Entrar en el Laberinto de Horta fue como repasar mi vida en cuestión de minutos. Siempre he preferido los parques más agrestes y naturales, como los de Sudamérica o Inglaterra, donde la naturaleza te desborda casi hasta ahogarte, sin más, y sin mucha organización. Sin embargo, la geometría de los jardines siempre lleva un halo de misterio. Me había recorrido todos los parques de Barcelona, menos este. Al parecer, nada muy especial, pero todo cambió cuando decidí entrar al laberinto.


“Debe de ser muy fácil. Vamos a por ello, que en cinco minutos encuentro la salida. No veo nada por aquí. Me siento un poco sola, pero oigo gente en los pasajes aledaños. Bueno, mejor me concentro y a seguir intentándolo”, pensé.



Entre tanto, me encuentro con un grupo de personas con sordera y sin habla que se dispersa hacia otros pasillos del laberinto. Solo queda la chica que los guía y otra más del grupo. Comenzamos a buscar la ruta, nos reímos en el proceso, luego sigo mi camino, y al rato nos volvemos a encontrar. Exploro varios caminos hasta llegar a una fuente en medio del parque. Pareciese que la gente llega a ese punto y todos se miran entre sí. ¿Y ahora qué?


Vuelvo a encontrar a las chicas y, de manera espontánea, planeamos una estrategia para encontrar la salida. Ya ha pasado media hora. La gente se ríe; son todos de diversas nacionalidades. El ambiente es divertido y hasta las mascotas se unen para llegar a destino. Oigo la voz de un hombre mayor que nos mira con entusiasmo y dice con alegría: la esperanza es lo último que se pierde.


Foto de Jorge Barreno
Foto de Jorge Barreno

A veces necesitamos estas palabras para seguir, reconducir y reencontrar nuestro rumbo. Esas frases para no perdernos en el camino, estancarnos o creer que somos solo lo que pensamos.


“Vamos a volver a intentarlo, chicas”. Y seguimos.


¿Y qué significa seguir? Entre pinos demasiado verdes y podados con una perfección casi cruel, los pasadizos que, irónicamente, me llevan nuevamente al inicio, me enseñan que seguir es:
Reencontrarte con la soledad despiadada, y sentir una alegría infinita;

Recordar a los que se fueron y sentirlos más vivos que nunca;

Que el fracaso te golpee una y otra vez, y darle las gracias por cada golpe;
Tropezar mil veces con la misma piedra, sin que sea suficiente, hasta llegar a reírte de ti mismo;

Que la vida te cambie abruptamente justo cuando sentías que todo era perfecto, y el aprender a abrazar la incertidumbre y a creer que la palabra confianza sí existe.

Foto de Jorge Barreno
Foto de Jorge Barreno

En ese instante decidí convertirme en mensajera. Recordé las palabras de mi coach californiana, Kristin Vierra, quien me había mandado reflexionar para encontrar mi propósito. En medio de todo, me tumbé en un banco para beber agua. Mientras ya caía la tarde, muchos hacían una pausa, sentándose en los rincones y en los pasadizos antes de hallar la salida. Pronto cerrarían el parque, pero una pausa era más que necesaria.


Ella apareció justo en medio del camino, pues en la vida siempre hay alguien que te ayuda, siempre ¿ Y cómo fue la reflexión?


Habían sido muchas las pérdidas. Las enfrenté como pude, resurgí y luego me perdí un poco. Entonces me dispersé y hasta dejé de escribir. Solo escribía para mi trabajo y nada más. Era una tarde de primavera, aún algo fresca, y yo estaba en el espigón de Poble Nou. El viento movía suavemente el oleaje. A lo lejos, un grupo de bailarines danzaba con música clásica, como si estuvieran ensayando una coreografía solo por el placer de hacerlo. Se veían tan felices, con un aire a Buenos Aires en la pasión del movimiento. Con una autenticidad nunca antes vista, teatral, pero más que todo, disfrutando del escenario a su alrededor. Tarima de mar, telón de cielo, con ellos mismos, y principalmente, en comunidad.


Foto de Yaroslav Shuraev
Foto de Yaroslav Shuraev

De pronto, las lágrimas no cesaban. El viento se volvía más fuerte, el cielo se oscurecía ligeramente , y el grupo de danza había entrado en un éxtasis total.


“¿Quién eres? ¿Por qué lo niegas? Han sido muchos países, muchos lugares donde viví, no he parado”, pensé. Y al mismo tiempo “No más excusas. Ya llegó el momento”.


Así fue como llegué a la sesión online con mi coach, esperándola con vista a aquella plaza que me llena de vida con su música, niños, el cine, las mascotas y la famosa pastelería La Casa Portuguesa. Y, bajo todo eso, yace un refugio antiaéreo de la guerra civil. Esto sí que es vivir con historia.


Foto de Ninety Studios
Foto de Ninety Studios

A esas horas ya oscurecía en el laberinto. Muchos ya habían empezado a repartir bocadillos, pues las fuerzas empezaban a flaquear y aún debíamos encontrar la salida.


—¿Que te desbloqueaste de qué? — me preguntó.


Kristin, fue al contemplar a esos bailarines cuando recuperé mi razón de ser. Ahora puedo escribir mi propósito. Y es que no soy más que una mensajera con ganas de contar al mundo esas historias humanas que han cambiado la vida de tantas personas, y en especial, descubrir cuál fue el instante preciso en que sus vidas cambiaron y recobraron su verdadero sentido. Ese momento exacto: eso es. El cómo, cuándo, dónde y por qué. Y aquí estoy, empezando por mí misma.


De pronto, la guía comienza a reír y celebrar. ¡Ya hemos llegado!


Foto de Jorge Barreno
Foto de Jorge Barreno

“¿Cómo? Me quedo perpleja”. En un abrir y cerrar de ojos, ya estábamos frente a la fuente principal. ¿Pero cómo hemos encontrado la salida? Es que ni me enteré. Ellas sonríen y nos hacemos unas fotos afuera del laberinto.


Subo las escaleras del edificio histórico de aire italiano para contemplar el laberinto desde arriba. A lo lejos se ve el mar y, muy de cerca, una luz brillante.



Me dejaste en el camino, pero llevo tu ADN a cada lugar.

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